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LA IMPERDIBLE MENDOZA

LA IMPERDIBLE MENDOZA

por Inés Aldao Pinedo

Algunos habrán decidido ir atraídos por los paisajes, otros por la reconocida ruta vitivinícola y otros habrán caído sin ninguna razón. O quizás una mezcla de todo, como yo, que partí a la tierra mendocina junto a una amiga con la idea de sentir el sol en la cara, vivir la inmensidad de las montañas y viajar a través de un buen vino. O varios.


Cada kilómetro que hacíamos arriba del auto nos sumaba energía. Con ventanas abiertas, mates y buena música, compartimos largas charlas, muchas veces interrumpidas para poder oír el silencio. Casi sin darnos cuenta, habíamos dejado atrás la aceleración porteña, felices. Y un poco asombradas por lo que genera el contacto directo con semejante cantidad de naturaleza junta.


Andábamos “sin prisa pero sin pausa” para poder conocer algunas de las tantas bodegas de la zona en donde se hacen nuestros fantásticos vinos. En poco tiempo logramos hacer un recorrido completo que nos permitió degustar cada una y disfrutar. Hicimos preguntas hasta cansarnos, todas respondidas con una sabiduría profunda pero humilde, que demostraba el amor por su tierra y su profesión. Nos llevamos muchas historias parecidas, pero diferentes. Todas apasionantes.


Terminábamos los días en algún barcito recomendado por lugareños, casi siempre charlando con algún vecino de mesa que muy abiertamente nos contaba de su vida en un alegre cantito conocido como tonada.


Nos fuimos con mucho más que paisajes fascinantes y nuevas experiencias (y una caja de vinos). Nos fuimos habiendo aprendido que la calidez de lo humano es lo que hace que cada lugar se distinga.


Dice el cartel de la entrada que es “la tierra del sol y el buen vino”. Y no tengo dudas de que es la mejor definición.